martes, 29 de agosto de 2017

Detalle de los bosques




Extracto del poemario Detalle de los bosques publicado en 2016. Gracias a este libro se ha generado un proyecto de creación poética y narrativa oral a partir de la experiencia y la imagen. El proyecto está en gira desde la publicación del libro y siempre se pueden comunicar a mi mail para charlar al respecto.



Y soy la pierna impar,
La que más te hace andar
Soy la Máquina
W.BONILLA HUGHES

Recuerdo la tarde en que encontramos el desfiladero.
Las piedras, el descenso,
el barro en las orejas,
el riesgo ante el precipicio, el vértigo obligado como juego,
el árbol hamaca entre el sol y el vacío.

Yo del bosque me acuerdo clarito;
ahí quedaron los sueños universales de mi hermano,
perdido entre las hojas viendo el cielo con aroma a pasto.
La clavícula de Andrés, rota entre las raíces.
Mi bici ya oxidada y renga, enterrada en ese olvido,
y esta pierna impar que me sigue para siempre.
Esta pierna impar, la que más me hace andar.

 (Andrea Arismendi Miraballes)

Detalle de los bosques


En el año 2016 publiqué Detalle de los bosques, libro que se agotó en algo así como mes y medio pero que recorrió varios rincones del mundo. Me han llegado mensajes de muchos lugares y de diversos lectores. Dejo aquí algunos extractos de ese extenso poema que compone el libro.



Hay algo extraño en el bosque, algo cerrado que no comprendo,
no alcanzo a comprender, ni por asomo, a divisar.
Ayer compré otro par de lentes. No sirvió.
La vista es algo que se pierde gradualmente y rápido.

El domingo voy a llevar a mis amigos al bosque,
el domingo iremos en busca de la aventura que acecha,
de un hogar verdadero entre las ramas,
un hogar de humedad, de musgo.

El domingo.

Hay algo extraño en el bosque
que nos tironea, nos caza,
nos encierra,
no nos deja salir.

Cuando niños íbamos a la frontera delineada por los árboles
y jamás cruzamos a la inmensidad.
Hoy somos la inmensidad que puebla las hojas.
Hoy somos lo extraño que habita el bosque.

(Andrea Arismendi Miraballes)








Detalle de los bosques 


En el año 2016 publiqué Detalle de los bosques. Antes de que el libro saliera a la venta el músico Dioxadol Borges compuso una melodía para la obra. Les dejo a continuación el resultado de ese encuentro. 

https://www.youtube.com/watch?v=jm0TML4dlWY


Poema con mantra. Fue leído por el dramaturgo Diego Fleitas y copio el enlace para compartir su interpretación.






Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Yo transito una senda desigual
entre un más acá dudoso,
un tapiz
ha enredado mi sueño, receloso del olvido,
en su trama carcomida.
Una imagen que me acecha me levanta
o me sujeta.
Son las ratas que caminan.
Otra vez cerré con llave la puerta de mi sótano,
pero el olor se eleva y se dilata
dulce, venenoso.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Un turbión de cinismo nos doblega.
Busco encontrarte en mi memoria
para encontrarme a mí
y no hay nada.
Busco tu cuerpo a oscuras
y toco el frío impenetrable.
Una fortaleza vacía,
un muro descascarado,
un sinsentido.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Soy del viento, me repito,
y el viento me sacude, me retiene,
esparce mis restos en el mar,
porque nací frente al mar,
porque sé encontrar el camino a casa.
Pero no, no tengo hogar.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Silencio...
En la oscuridad tu voz va, gigante
para siempre, diciendo mi nombre.
Un faro para dormirse en ella, tu voz.
Sin embargo, todo es roer en la piedra,
una y otra vez, roer el mineral
como a una astilla blanda.
Si me elevo en la nube
me arrastra el lodo;
estoy en la sonrisa terca del aviador que rompió
la brújula: es mi destino.
No veremos el nombre escrito en la corteza,
ni en el chorro, ni en la flor.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
El manantial tuerce la tierra; me hundo más.
Crecen raíces en mis pies
y estoy en un mundo inexplicable.
No contaba con los dientes en mis sienes.
No sabía que crecían ahí las fauces,
que podían ser enormes,
más que yo.
En la rosada piel veo las venas
y su entramado de esperanza.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Vengo de un lugar sin tregua,
de tic tacs picoteando madrugadas,
de sangre que revienta en la cima.
Vengo a contar las hojas de un calendario ajado.
No consigo entender ni el tiempo,
ni las horas, ni siquiera los relojes.
Y la pregunta me apuñala
en esa medida desconocida.
No sé, no puedo saber
si me comen las ratas o yo soy las ratas.

(Andrea Arismendi Miraballes)

Este cuento ganó un tercer premio en narrativa. Dejo una versión nueva y divergente de la original, aunque conservo el título y los personajes.


Al Amanecer
(Andrea Arismendi Miraballes)



            Era lo más cercano a una ciudad que había conocido. Para ella, que siempre había vivido aislada entre pitangueros, ombúes, talas  y animales salvajes, el pueblo era el mundo.
No sé bien decir dónde queda. No recuerdo cómo se llamaba y por más que trato de ubicarlo en el mapa, no aparece. Los años, sin duda, son selectivos y la memoria se vuelve una pasta sin tiempo ni lugar. Ella era silvestre como aquellos ratones que una vez encontró en un nido abandonado (seguro, la mamá ratona habría sido cazada por algún otro bicho, más grande e incapaz de valorar el infortunio de sus hijitos) y que Norma, su madre, luego de unos días, ahogó en un balde rebosante de agua porque sostenía que se iban a morir de hambre igual. Juanita no supo qué hacer para defenderlos. Algo tan trivial hizo que el odio a su progenitora se extendiera durante dos décadas hasta que decidió, en un arranque de cordura, empezar a perdonarla y considerar que, tal vez, ella también formaba parte de esa injusta y enmarañada cadena donde el más grande aplasta al más pequeño. Su mamá había tenido tanta fuerza como para arrancarle los seis ratones de las manos que ella guardaba delicadamente en una cajita con recortes de algodón y trapitos, abrigándolos, protegiéndolos de la vida misma. Los había metido de uno en uno en un bollón y los llevó hasta el balde repleto de agua. Allí lo hundió hasta que dejaron de moverse. Juana presenció la muerte, la primera muerte, con los ojos inundados en lágrimas y un suspiro que terminaba en gemido, el mismo que acarreaba con pesadumbre hasta el presente. El dolor demoró en curarse. La imagen jamás se borró. Tenía ocho años entonces. Ese aprendizaje fue el primero y más terrible sobre las injusticias de la vida. Tal vez fue lo único que aprendió de ella, pues se crió casi sola en aquel paraje lleno de misterios y peligros.
Cuando tuvo contacto con el pueblo, siendo ya una adolescente, fue para trabajar. Así cargaba cajones repletos de frutas y de verduras, como limpiaba los pisos y mostradores del único almacén en kilómetros a la redonda. Cuando fui hasta allí atravesé innumerables caminos deshabitados y polvorientos. Tenía como misión historiar, registrar con detalle los recientes acontecimientos y elaborar un perfil psicológico de Juana. La primera vez que la vi creí entender la causa por la que su comportamiento era considerado anómalo entre los habitantes del lugar. Era una muchacha desgreñada e infeliz, de esas que transmiten su tristeza al mirarlas simplemente una vez. En el momento en que llegué me dirigí a la comisaría. Pereira, el comisario, me atendió un poco nervioso, pues poco contacto tenía con gente de “afuera”, según su uso metafórico del lenguaje para clasificarme entre el pequeño grupo de gente que se encontraba en la población. De hecho, visto a la distancia, no fui para nada bien recibida. En fin, no fui recibida directamente; cuando bajé del ómnibus, al que llamaban “de camino”, nadie me esperaba. El lugar constaba de cuatro manzanas de casas dispersas, un almacén, una iglesia notablemente deteriorada y una comisaría, además de una oficina pública cuya función no comprendí ni tampoco intenté discernir. El bar era una roñosa construcción que parecía sacada de alguna pesadilla consistente en mugre y cucarachas. Jamás pude ni tomar un café allí -el único que pedí me lo sirvieron frío y aguado-. Pasé unas cuantas horas sentada observando el casi nulo movimiento a través de sus vidrios sucios y astillados. Nada ocurría; menos estando yo allí enclavada, con ojos interrogantes ante todo el que pasaba. Mi aparición sirvió solamente para espantar a los pobladores, para hacer que sus rutinas cambiaran, tanto que creo que aquel café nauseabundo era una excusa del dueño del bar para que no volviera y le echara a sus clientes que temían un cuestionario. Las pintorescas gentes del interior ven a todo visitante con escozor y desconfianza. Pensé, casi riéndome, que son como esos perros que atacan entre el temor y la furia a las máquinas, incapaces de comprender que no hay manera de que estas se conmuevan.
La amabilidad de Pereira se restringió a prestarme un rincón de su oficina para dormir allí en una especie de catre (digo especie, porque aquello había sido en tiempos mejores un catre, pero las décadas lo habían estragado tanto que a esa altura era más cómodo tirarse en el suelo: queda sobreentendido que nadie quiso cederme un lugar en su hogar). Esa situación sirvió para que entrara en contacto de forma más inmediata, más espontánea, con la única residente de la prisión, Juana, sobre quien pronto debía trabajar si no quería que la llegada del juez y su traslado a una penitenciaría capitalina perjudicaran mi entrevista y conclusiones.
Un lunes, a las cuatro am, Juana se levantó como todos los días -excepto los domingos en que simplemente se dirigía al arroyo a pescar-, y se preparó su mate con yuyos en una negruzca caldera tiznada por las décadas de fogata. Dormía con su madre en la misma habitación de paredes de barro, repleta de insectos en verano. Era marzo, un mes especialmente caluroso en aquel tiempo en que todo ocurrió. Tenía 28 años y, si bien nunca supo claramente cuál era la fecha correcta de su nacimiento, se contentaba con saber que al menos tenía una cédula de identidad con la única foto de su rostro, donde figuraba una posible certeza sobre ese día, así como sus dos apellidos, con los cuales se sentía satisfecha porque no todos en el pueblo los tenían. Su padre murió cuando ella tenía diez años (fue la segunda vez que vio un muerto), aplastado por un árbol del monte que -según Juana declaró con certeza- se había vengado de todos los años de leñador que aquel cargaba. Claro, ella pensaba que todo lo que veía y conocía tenía conciencia, sentimientos, voluntad, argumento que no me pareció pertinente contradecir ya que no creí que fuera capaz de entender mis razones.
Ese día, fue a la hora habitual caminando hacia el pueblo que quedaba aproximadamente a cuatro kilómetros de su hogar, distancia acortada cada día al cruzar los montes que lo rodeaban. Tal vez- decía ella- fueran apenas las cinco pasadas cuando sintió voces en la penumbra de árboles. Algunas voces conocidas, escuchadas, pero sin rostro, en el diario mirar al suelo y a la escoba en el almacén. Eran voces masculinas que sonaban grotescas en ese lugar tan silencioso. Por inercia, por costumbre, bajó su rostro y miró el suelo húmedo de la tierra. Lo siguiente en su memoria fueron tres, cuatro o cinco voces y figuras casi fantasmales que la atacaron rodeándola e insultándola sin que ella comprendiera por qué. Todo pasó con rapidez, con violencia. Recordó haberse acercado a la vera del arroyo a lavar sus heridas. Le llamó la atención aquello que denominó como “un dolor abajo”, punzante por segundos. No supo qué debía hacer a continuación. Volvió a su casa y se cambió. Su madre, al verla malherida, lloriqueando, con las humildes ropas enlodadas y destrozadas, atinó a decirle “puta”. Eso fue todo lo que escuchó ese día. El fino sondeo de las dos dueñas del almacén, las hermanas López, no logró quitarle una sola palabra; para ella sus voces fueron solo un zumbido constante, sin forma, sin sentido.
Meses más tarde su embarazo se hizo evidente. Con él también crecieron las sospechas de todo el pueblo. Ya no sabían a quién mirar como responsable de la situación y, además, intuían lo que podría haberle ocurrido a la pobre Juana sin atreverse casi a levantar la voz para comentarlo públicamente. Norma se convirtió en un infierno para su hija. La acosaba insultándola, repelándola, llenándole la barriga de golpes. Le gritaba permanentemente advirtiéndole sobre el fatídico futuro de ese niño. La noche en que sobrevino el parto, Juana se marchó sola entre los mismos árboles donde antes había sido violada. Se escondió de su propia madre que no dejaba de denigrarla y parió, casi en silencio, en la oscuridad. Estaba aterrada. Cuando aquella vez, en medio de las agresiones de los grotescos cuerpos enormes, rudimentarios, logró evadirse de la realidad fue porque vislumbró algo pequeñísimo, silvestre, libre, que la miraba con una belleza infinita e incomprensible. No sabía qué era pero fue la primera vez que vio algo cercano a la belleza, y, aunque supo que era una percepción de su imaginación, creyó ciegamente en que eso sería algo que viviría en ella para siempre.
Al amanecer envolvió en sus propias ropas al bebé. No había llorado pero estaba despierto. Había nacido con el silencio y la resignación de su mamá. Era suyo; algo único y valioso. Lo protegió entre las sombras de los árboles. Desnuda y dolorida, comenzó a moverse agazapada en la penumbra. No sabía si había algo en su mente en ese momento. No sabía qué hacer. Fue intuitiva al actuar. Mientras tomaba mis notas no pude reprimir un asomo de llanto en mi mirada. Ya no quise verla directamente al rostro, la molestia inicial por tener que estar entre esa clase de personas a quienes estimé en muy poco desde mi llegada se tornó en una empatía y tristeza absolutas. Su mente no parecía evaluar un tamiz que le hiciera sopesar lo correcto y lo equivocado. No falló. En menos de un minuto tenía a su madre por el cuello en medio de la corriente del arroyo adonde la arrastró con violencia tomándola del cabello. Veía su rostro bajo la ondulación del agua y sentía el frío punzante filtrársele en la piel. Los ratoncitos aparecieron frente a ella. “Se iban a morir igual”,  decía Norma. “Se va a morir igual”, le había dicho hacía unos días en medio de una crisis de furia y golpes. El perdón le llegó a Juana en ese preciso instante en que las últimas burbujas de aire salían de la boca de su madre y sus manos empezaban a aflojarse perdiendo fuerza –esa fue la tercera vez que vio a un muerto-. No supo explicar cómo era posible haber pasado veinte años sin olvidar aquella primera experiencia de muerte, pero sintió que había aprendido algo inasible en palabras. Un aprendizaje que entendía, ahora, para qué había guardado inalterable en su mente. Agradeció a su madre despidiéndola con un beso húmedo y congelado.


martes, 15 de noviembre de 2011

CUANDO ESO ACECHA


CUANDO ESO ACECHA.

         Mis sueños son tópicos. Pueden ser tópicos literarios o cinematográficos. Lo mismo da. Por ejemplo, anoche mi mente paseó en bus por una carretera al atardecer; hubo un accidente donde por lo menos conté siete personas tiradas en la ruta y, extrañamente, ordenadas en forma vertical por su tamaño. El que estaba a mi izquierda era un obeso hombre que debía pesar no menos de 120 kilos. El del extremo derecho era un delgado conductor de larga distancia, parecía haber sido desgarbado, y tal vez, miope. Sí, creo haber entrevisto o supuesto su mirada a través de los párpados ensangrentados. Todos eran hombres, de diferentes edades, aunque ninguno tendría más de cincuenta años ni menos de treinta. Mi ómnibus se había detenido ya que el panorama fúnebre se extendía por toda la ruta y no había forma de pasar alterando la escena. Había que esperar. Noté cómo iban apareciendo zombies atraídos por el olor a la muerte y a la sangre. Sangre fresca, recién coagulándose. Los muertos, los ahora vivos, comenzaron a acercarse peligrosamente a los costados de la ruta, y a olfatear el aire como perros. Levantaban sus ojos ciegos, grises, blancuzcos, y sus narices al viento, orientándose. Algunos de los policías que custodiaban la escena al verlos acercarse les disparaban en sus cabezas. Yo tomé un trozo de madera del costado de la carretera, pero parecía una rama insulsa y demasiado débil contra esos animales. Hasta que los muertos apilados en la ruta comenzaron a abrir sus ojos. No fueron todos a la vez, claro. Pero con dos me bastó para que comenzara a correr hacia adelante, retomando de esa forma la ruta original a pie. Pensé que no llegaría nunca a destino tan rápido como para huir de la horda de muertos que se acercarían. Al principio corría con mi mp4 a todo volumen (me gusta escuchar algo de metal sonando hasta que mis oídos no lo soportan más y mi cabeza comienza a doler). En el trayecto supuse que mejor sería disminuir el nivel, ya que alguna bestia podría sorprenderme sin que la escuchase. Era cierto. Sentí su aliento y un gruñido casi imperceptible a mis espaldas. Giré y golpeé lo más fuerte que pude la cabeza del zombie, intuyendo dónde se hallaba esta. Acerté a tirarlo al piso, pero seguía temblando e intentado ponerse en pie. Por suerte los zombies de mis sueños no saben cómo pararse una vez caen. Sólo se arrastran y en este caso, la bestia confundida, no lograba ponerse boca abajo como para hacer eso.
         Maldita sea. Me desperté con un miedo sobrenatural. Renzo me había dejado el día anterior. La pareja, luego de un par de años, había fracasado sistemáticamente. Yo no quería empezar de nuevo. No quería tomarme el trabajo de empezar de nuevo. Fui a la cocina a buscar una cuchilla y corté su cabeza, no sin bastante trabajo. Pensé siempre que sería menos complicado. Es una extremidad cuyo punto de unión es menos grueso que el resto. Creo que hoy no voy a dormir. Mis sueños son demasiado tópicos y me dejan alterada la mente durante el día.

domingo, 19 de diciembre de 2010

Orden ya no es Progreso


Estoy poniendo orden a mi apartamento; ayer se fue mi hermano luego de diez años de convivencia solos. Estuve ordenando libros y mirando las fechas de los más viejos. Increíble; cuando tenía seis años ya recibía libros como obsequio. Mirándolos y pensando en el pasado, en la infancia, me doy cuenta de que estos diez años no sirvieron para conocernos mucho, o querernos más. Pienso en mi hermano y me doy cuenta de que siempre tuve una imagen idealizada y distante de lo que en realidad es esa persona, que resulta ser desconocida. Recién limpié el polvo de un libro que empecé a leer a los nueve años: Los tres mosqueteros de Dumas. Recuerdo que a ese libro le faltan un par de hojas (lo abro y siguen faltando). Cuando era niña había una gotera constante en mi cuarto. Mis padres lucharon contra ella y alguna otra. Pero qué hacer con un techo que a esta altura tiene un siglo y medio? Era imposible. Cuando me regaló mi padre ese libro llovía y yo tenía gripe. Estaba en cama y mi padre siempre me regalaba libros, así que probablemente fuera mitad gripe y mitad simulación (la enfermedad es un pretexto antiquísimo). Ese libro se quedó bajo la insistente gotera, abierto casi por la mitad ya. Cuando pasó el temporal y se vio por fin el sol, lo dejé secando en el patio de casa. Uno de los innumerables gatos de mi infancia se afiló las uñas en sus hojas, esas que ahora faltan. Lo mismo hacía González, la gatita de mis padres que murió hace dos meses. Adoraba los libros abiertos, de hojas preferentemente porosas, dejados en un descuido de mi madre a su alcance.
Todo esto pienso como un hilo enredado y descubro que parte de estos recuerdos son ajenos a mi hermano. Él se perdió en algún lado de estas historias. No lo puedo memorizar en esos momentos; tal vez no estaba. Lorena quita quilos de polvo con una aspiradora que trajo de su casa. Pero lo que nunca vi es a alguien trepada por las paredes, lavándolas (nunca vi, en serio, con un trapo de piso lo hace).
De fondo suenan los remixes de Christian Death y me pregunto si algo cambiará realmente en mi vida.