lunes, 16 de marzo de 2020

Los últimos días del mundo

Dejo por aquí un cuento que escribí en 2018 y que no llegué a publicar. Espero que les guste.



La mente es un misterio que puede llegar a ser un infierno.
Bajo una mesa, escondidos tras la última explosión o lo que sospechamos fue algo como el estallido de una bomba, un disparo, un derrumbe —bien pudo ser todo eso a la vez o una alucinación—, permanecimos inmóviles durante días. Se nos fueron acabando las reservas y el contacto con los demás se volvió nulo. Ya no tuvimos a quién recurrir, a quién pedir ayuda. No hubo noticias, ni un teléfono ni redes para saber qué fue de los otros. No nos quedó ni una imagen real, sólida siquiera en la memoria, de ese mundo del otro lado.
Cuando llegó el fin intentamos convencernos de la fugacidad de todo lo que hemos tenido o conocido. Fuimos enumerando familia, amigos, lugares, comidas, recuerdos, objetos. Hubo un duelo, mayor o menor, por cada uno. Con los días se nos volvió sumamente incómodo no poder acceder con tranquilidad al baño; eso, en el fondo, ha sido lo que de verdad terminamos extrañando durante las últimas horas. No nos decidíamos a aventurarnos por los pasillos porque sabíamos que en cualquier momento podría derrumbarse alguna parte del departamento y quedaríamos separados, temor más grande que morir aplastados, así que resolvimos juntar nuestros excrementos en las bolsas de nylon que encontramos tras una rápida expedición conjunta a la cocina. Para mí es difícil orinar en el hueco de la pared; para ella, hacerlo en una botella plástica de pico recortado y luego desechar la orina por el mismo lugar resultaba más complicado, pero estaba dispuesta a ese sacrificio. Hicimos el hueco quitando un zócalo, raspando la pared con una cuchara y mucha paciencia, hasta dar con el caño del desagüe que desciende desde la azotea, dos pisos más arriba, hasta la calle. Bueno, lo hizo ella, en realidad, que siempre ha tenido más energía y más habilidad para eso. Parecía que conocía cada detalle de la estructura edilicia así que se percató antes de la presencia de ese caño. Yo, en cambio, conozco de memoria y puedo distinguir el ruidoso trajín de los vecinos. El perezoso arrastre de las pantuflas del anciano del piso de arriba, sus charlas monótonas sin interlocutores y la voz cantarina, repetitiva, dolorosa de la soprano del fondo son los más interesantes entre la multitud de ecos confusos que llegan hasta aquí. Me han hecho muchas veces secreta compañía. Ella nunca lo supo. También soy capaz de escuchar a través del cemento el gimoteo hambriento del hijo menor de una joven madre soltera que vive en un apartamento de la planta inferior o los molestos reproches que más abajo aún, un hombre les hace a sus hijos, quejándose de los juguetes esparcidos por cualquier lugar. Toda esa sabiduría es, en épocas como esta, inútil.
Me había resignado a vivir nuestros últimos momentos aspirando el dañino amoníaco de nuestros orines hasta envenenarnos, como si mi cabeza estuviera a dos centímetros del urinario colectivo de un bar. Ella se aventuró hasta la cocina y regresó con víveres, muchas bolsas, un martillo y la cuchara con la que logró escarbar lo suficiente en la pared como para que aun bajo el efecto de los vapores tóxicos, en nuestra condición de refugiados, no estuviéramos sentados sobre el apestoso piso mojado. Cuando el tiempo tedioso, breve pero tenaz, comenzó a transcurrir y se nos dificultó meter las heces en las bolsas, convivir con ellas y comer con las mismas manos mugrientas los frugales restos de las reservas, empecé a sospechar de la certeza del Apocalipsis. Es cierto que lo anunciaron en la televisión durante un período relativamente prolongado. Es cierto que tuvimos miedo hasta del agua que nos envenenaba el cuerpo día tras día hasta que apareció la peste que dio rienda suelta a un exterminio más evidente y feroz. Pero también es cierto que desde que el hombre tiene conciencia de su finitud y, especialmente, de sus errores, lo anhela y pronostica con una frecuencia obsesiva.
            Un viernes, luego de una larga semana de conflictos bélicos trasmitidos en vivo por cada uno de los medios de comunicación, luego de que hordas de ciudadanos enajenados saquearon todos los mercados cargando sus coches de kilos innecesarios de alimentos que seguramente hoy se estarán pudriendo en sus heladeras y en sus despensas, luego de que a cada minuto el ejército acudía a dispersar con ráfagas de metralleta y gases a las multitudes de apestados que corrían tras los otros para obtener algo que comer, luego de las sirenas y los gritos, despertamos conjeturando que había un inusual silencio en la mañana de la ciudad. Un mal augurio. Hacia el mediodía cerramos definitivamente las persianas tras oír violentas discusiones y ruidos pesados, como de militares corriendo dentro y fuera del edificio. A medida que avanzó la tarde hubo detonaciones espaciadas y lejanas, tal vez mólotovs o disparos; hubo gritos de una pequeña manifestación y una inmediata estampida humana con sus lamentos horribles diluyéndose con el crepúsculo. Con lágrimas, con miedo, sin mirarnos, armamos un refugio bajo el escritorio de firmes patas de hierro, bastante gruesas, donde ella suele trabajar o estudiar. Colocamos sábanas a manera de cortinas. Metimos agua en un bidón, llevamos muchas galletas, las de ella más desabridas, las mías, de sabores más consistentes, frutas y verduras. No vaticinamos que duraríamos muchos días. Nos acurrucamos temblando. En el refugio pensé varias veces en escribir mis memorias sobre la guerra, pero lo cierto es que dejamos de verla. Me habría gustado ser novelista. Se lo dije a ella, pero ya no entendía muy bien lo que le decía o fingía no entender para no tener que recordar.
            Aquella noche lloró muchísimo. Su cara se fue hinchando y yo no supe cómo consolarla. Coloqué mi cabeza en su falda e intenté dormir, aunque sus repentinos temblores y gemidos me impidieron un sueño profundo. Al despertar la vi contemplando el rojizo resplandor del amanecer colándose por las rendijas de una persiana. Había corrido la sábana sutilmente y la luz se reflejaba directamente en sus ojos. Divisé en su mirada, comprendí en su calma un relámpago de locura brotando frágil pero decisivo. De pronto se incorporó y mientras yo procuraba despabilarme, reaccionar, inició un frenético movimiento de muebles hacia las aberturas del apartamento. Comenzó por tapiar las ventanas con maderas de las sillas y de los cuadros que destrozó. Luego claveteó incansable la puerta de entrada, el único punto de salida, de escapatoria que teníamos. Quise convencerla de que no hiciera eso, de que recapacitara. Me interpuse varias veces en su camino para calmarla. Incluso peleamos furiosamente un rato, pero no tuve el valor para hacerle más daño. Hemos convivido tanto que nos une algo más que la costumbre o el miedo a la soledad.
La puerta principal estaba al fondo de un pasillo que, cuando hubo terminado de colocar los clavos, llenó de muebles y montones de libros. Era imposible que alguien pudiera invadir nuestro hogar, que nos atacara, que entrara a saquear o contagiarnos. También, indiscutiblemente, categóricamente, nuestro lugar en el mundo se había convertido en nuestra tumba.
            Hace algo así como un mes atrás, en medio de una crisis nerviosa que parecía anticipar todo este problema, cuando supimos que se avecinaba el terror, tuvimos una larga charla en la cocina. Ella bebía el café negro matinal. Sus codos apoyados en la mesa sostenían firmemente la cabeza con ambas manos. Devastada por las constantes noticias del caos que se vivía en otros lugares del planeta, comenzó a llorar angustiada. La guerra, la peste eran inevitables, tan inaplazables y próximas como la muerte. Las lágrimas le rodaban lentas y gordas por el rostro. Su nariz empezaba a inflamarse. Siempre fue alérgica —cuestión que achacaba a algunas de mis costumbres— por lo que no era nada extraño escuchar su voz alterada por la falta de aire. Repetía en su llanto que a mí a lo sumo me quedarían unos cinco años de vida, pero que ella aún era demasiado joven como para morir. Gritaba de dolor, de furia. Decía que si fuera una anciana se sentaría en una plaza pública a esperar el desastre. Una bala, un infarto, una ola gigante que la borrara del mundo. Pero morir en esta indiferencia, en esta vorágine que ataca desde todos los ángulos, tan  pronto, era un sinsentido.
Había llegado a esta ciudad más grande, más poblada que la suya, a estudiar. Siempre recordaba y transmitía historias sobre su antigua vida familiar con anécdotas tan divertidas como melancólicas. Nos conocimos una noche lluviosa. Nos cruzamos en una esquina mientras buscábamos ampararnos del granizo y del viento que iba arrasando peligrosamente con ramas y cables. Fue un hechizo. En cuanto la vi supe que debía estar con ella, que tenía que quedarme. Contemplar después su mirada perdida y aterrorizada fue lo más terrible que he vivido. No reconocía en esos ojos extraños a aquella muchacha tierna que protegió nuestras cabezas arriesgando la mochila donde llevaba sus cuadernos y algunos libros. Durante semanas me contó acerca de su familia, de sus hermanos, de su perra de más de quince años. No los volvería a ver. Adentro de ella solo quedó el espanto y tal vez hasta olvido. Probable era también que en esas circunstancias todos nuestros amigos y sus familiares estuvieran muertos. Eso fue algo que no tuve el coraje de sugerir en ningún momento, especialmente luego de que quedamos, por ese instinto de preservación desmedido suyo, aislados y prisioneros en nuestra propia casa.
Muy distinta ha sido mi vida. Lo único que yo he tenido es a ella. Siempre fui un paria. Desde pequeño me han evitado y maltratado, hasta que ese azar climático me ayudó. Ella, a la que he protegido y amado hasta el final. Por eso preferí la cárcel de nuestro Apocalipsis antes que desertar. Y no hay más que pueda decir sobre mí.
Cuando llegó el peor momento despertó en la madrugada, debilitada y alucinando. Las marcas de la peste se iban formando en su piel desgarrada y sucia. Comenzó a recitar agitada y tosiendo fuertemente incoherentes profecías sobre el futuro cercano mientras yo intentaba distraerla recostándome en ella, acariciándola; quería abrazarla, que se durmiera, que los dos lográramos evadirnos de la pesadilla incesante. No hay otra forma del amor que haya conocido, así que no supe qué más hacer. Una vez que se cansó y se quedó en silencio pude sentir el tibio calor de sus lágrimas cerca de mi rostro. Creo que yo nunca había llorado antes. Me dormí con mi cabeza recostada en sus piernas, acunado por el suave estertor de su respiración. Al despertar vi su mirada alucinada detenida para siempre ante el hilo de luz rojiza que pasaba cortando cruelmente el espacio entre las celosías y se filtraba por la sábana. La boca abierta, grotesca, buscando el aire que nunca entró.
No lo pude creer. En el pasillo atestado de objetos grité, pedí auxilio, quité lo que pude. Rompí mis uñas rasgando la puerta. Me comporté como un demente. No lo sé; tal vez lo era.

Hoy sé que pasó el fin del mundo. Como todo lo que pasa en la vida de los miserables, no fue tan importante. La gente parece olvidar lo grave y sonreír otra vez. Mi nueva familia está compuesta por la madre soltera y sus dos niños, todavía pequeños. Ella me sacó de aquella tumba improvisada y me trajo hasta aquí. Me limpió, me curó y alimentó como a un hijo más. Miro a la calle por la ventana y todo es igual que antes, un poco real, un poco ficticio. Me remuevo en la ventana, incómodo ante mis pensamientos, dubitativo. La vieja incertidumbre me eriza. Creo que no quiero saber nada más. Siento el peso del sol en mis ojos y observo a mi dueña. Ella acaricia al pasar mi lomo y me invita a sentarme en su falda. Cada vez que el roce delicado de sus finos dedos recorre mi cabeza y mi cuello unas diminutas lágrimas escurren desde mis bigotes hasta su vestido. Adormecido y ronroneante voy sumiéndome en el recuerdo de aquella otra que tanto me quiso.

lunes, 14 de enero de 2019

Maiakovski: Poesía, pasión y revolución.




CONFERENCIA SOBRE EL POETA RUSO MAIAKOVSKI DICTADA EL 23 DE OCTUBRE DE 2018 EN LA FUNDACIÓN RODNEY ARISMENDI (MONTEVIDEO, URUGUAY).

MAIAKOVSKI: POESÍA, PASIÓN Y REVOLUCIÓN
PROF. ANDREA ARISMENDI MIRABALLES


Las primeras veces que tuvimos contacto con Maiakovski fue en las lecturas universitarias o mientras cursábamos asignaturas como Literatura General o Corrientes Literarias en el Instituto de Profesores Artigas. En ellas, como materia central de estudio, aparecían las vanguardias artísticas del siglo XX. Era ineludible leer los llamados “manifiestos” de cada una de las corrientes estéticas que acompañaron los cambios culturales de, por lo menos, las primeras dos décadas del siglo. El escritor que hoy homenajeamos, por el evidente peso cultural, social que tuvo, y por el indudable valor literario como representante del futurismo ruso, era inexcusable.
Actor, dramaturgo, cineasta, poeta, aventurero… Maiakovski concentró en sus breves 36 años una producción tan amplia que llega a sorprender, menos por su volumen que por su coherencia, madurez, originalidad. No hay que olvidar que los primeros años del siglo fueron los que vislumbraron el agotamiento de las formas y de las corrientes literarias decimonónicas: el realismo, el simbolismo, el naturalismo; pero también dieron lugar a las nuevas, como el acmeísmo, que exaltaba la sencillez de los ideales clásicos heroicos, la combatividad, la virilidad. Dice Mario de Micheli que lo que se “quebró” fue la unidad espiritual de los siglos anteriores. Paradójicamente, son esas últimas corrientes las que, retomando el impulso romántico de mediados de siglo XIX, dan lugar a un populismo revolucionario con nuevos valores, algunos fueron el apego a la tierra y a la tradición, así como a la defensa de las clases populares. Si bien en sus comienzos los ideales revolucionarios no tuvieron nada que ver con los de los jóvenes artistas, e incluso hubo momentos de rechazo a la incidencia de las artes en la realidad, en los años previos a la revolución, estas se hicieron mayor eco de la agitación que se vivía en los ambientes políticos y sociales. El arte se va acercando al pueblo; es cada vez más praxis y menos misticismo –como los simbolistas lo consideraron-.
En “Una bofetada al gusto del público”, manifiesto del futurismo ruso de 1912, uno de cuyos remitentes fue Maiakovski, se invita a un quiebre radical con el pasado literario reciente: “El pasado es estrecho. La Academia y Pushkin menos comprensibles que jeroglíficos”, afirman, además de sugerir la ruptura con el lenguaje de la poesía más tradicional, como innovación paradigmática, adhieren a la novedad expresiva y también performática.
Surge así el futurismo ruso, un poco más tardío que el italiano, cuya fecha fundacional canónica es el año 1909, con valores similares, como la exaltación de la máquina, de la velocidad: “un automóvil que ruge, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia”, escribe Marinetti, proponiendo con esa imagen tan contemporánea, el cambio radical de paradigma, de la estética, del concepto de lo bello, tema central y prioritario. El arte clásico, ecuánime, perfecto, ya no puede competir con las nuevas formas que la industrialización, la ciencia y la técnica han aportado a la cultura. Por supuesto que Maiakovski reivindica estos valores, pero desde otra mirada, orientada claramente hacia lo social. La literatura debía estar al servicio del hombre de la calle. Por ello (o para ello, tal vez) integró el habla coloquial en sus obras. “Para entender correctamente la ordenación social, el poeta debe estar en el centro de las cosas y de los acontecimientos” sostiene. Difiere en la exaltación de la guerra y de la violencia, que tanto acarició Marinetti y que también se convirtió en una postura vital. Este es uno de los conceptos que nunca podrá compartir con él y los llevó al enfrentamiento. Por cierto, y retomando lo dicho anteriormente sobre la postura performática de los artistas de vanguardia, no olvidemos que uno de los gestos artísticos de Maiakovski fue intentar confrontar públicamente a Marinetti, el fundador del futurismo italiano, durante su visita a Rusia, siendo desairado en plena conferencia, ya que el italiano no entendía el idioma, por lo que se le pidió que hablara en francés, idioma que tampoco dominaba Maiakovski, así que se dio una escena digna de una comedia de situaciones. Uno retirándose festejado, aunque sin poder comunicarse y el otro, abucheado sin comprender el por qué. Tampoco hay que olvidar la “Primera actuación en Rusia de los Creadores del lenguaje”, donde desde el escenario atacaban al público arrojándoles té hirviendo.
Lo cierto es que este artista representa el espíritu vanguardista en todas sus aristas. Fue provocador y exhibicionista, aunque algunos de sus amigos lo definieron como extremadamente tímido en su vida cotidiana. Transmitió su rebeldía, pero también su tristeza transformada en lirismo. Tal vez fue la Revolución la que le ofreció la posibilidad de superar y canalizar su energía hacia una finalidad más elevada. Intentó entonces subordinar su obra al credo revolucionario. Shklovski, amigo y teórico del formalismo ruso, escribe en su obra titulada solamente Maiakovski que toda la obra de este poeta, toda su vocación, nace de la angustia. La desazón moral, las necesidades económicas, la cárcel en 1910 (tenía 17 años) por su compromiso bolchevique, van moldeando su personalidad, madurándola. “Un gran poeta –dice Viktor Shklovski- nace con las contradicciones de su tiempo, conoce antes que los demás las desigualdades de las cosas… No veía la luna como un camino resplandeciente sobre el mar. Veía al arenque lunar y creía que estaría muy bien acompañarlo con un pedazo de pan”. Fue la voz que recitó ante los obreros, los estudiantes, los campesinos, los soldados del Ejército Rojo, con una intención clara: fundirse con ellos: “alabo a millones, creo a millones, canto a millones” dice en su poema “150.000.000”. Tal vez por ese deseo, Troski dijo que Maiakovski era “maiakomórfico”: es él mismo quien puebla las plazas, las calles, los campos de la revolución. Nadie se le parece en la literatura rusa. Jakobson, Shklovski, sus contemporáneos, Esenin, todos vieron en la autenticidad de su palabra lo que el verso ruso no había logrado hasta ese momento, una diferencia “cualitativa”, una personalidad original, única: “Quiero reflejar simplemente al hombre, al hombre en general, pero no una abstracción de los Andreev, sino un auténtico Iván, que mueva las manos, coma sopa de col y se haga sentir”.


AMÉRICA o Mi descubrimiento de América es un diario de viajes, una especie de crónica de aventuras por Cuba, México y Estados Unidos durante el año 1925. Es una obra que recomiendo con entusiasmo porque ahí están muchos de sus juicios sobre la sociedad de consumo, pero también la sorpresa ante la población americana autóctona y las distancias económicas entre clases. Se asombra al ver a los indígenas, de ver a los obreros, de ver su pobreza, su sometimiento, su concepto de lo que es el trabajo. Por supuesto que hay lugar para el arte, para la poesía, para el teatro, para la pintura.
A Maiakovski le asombra todo lo nuevo. Intenta moderar su idealismo, literario, foráneo, para acusar la realidad y mostrarse a sí mismo, ante tanta evidencia, sus propios prejuicios, pero también va confirmando el creciente dominio de un país. Cuando llega al puerto de La Habana la va describiendo minuciosamente: “Detrás se encuentra la inmunda zona portuaria, llena de tabernas, burdeles y frutas podridas… Sobre el fondo verde del mar, un negro de color azabache con un pantalón blanco vende pescado carmesí… La otra zona la forman sociedades limitadas mundiales de tabaco y azúcar, con decenas de miles de negros, hispanos y obreros rusos. Y en medio de las riquezas, el club estadounidense, Ford, Clay, Bock, de diez plantas: las primeras señales visibles del dominio de los Estados Unidos sobre las tres américas…. Todo lo que tiene que ver con el exotismo antiguo es pintoresco, poético y poco rentable… Todo lo relacionado con los estadounidenses está montado con eficacia y bien organizado.”
Cooper, el escritor de “El último de los mohicanos”, le había dejado una imagen de los indígenas americanos sublimada, poetizada; imagen que no logra identificar con la miseria con la que choca. “Cientos de personas diminutas con sombreros… chillan y extienden las manos hasta la segunda cubierta… Se trata de porteadores, que se pelean entre ellos por las maletas y parten doblados por la enorme carga. Vuelven… y se ponen otra vez a mendigar… ¿Dónde están los indios? Le pregunté a un hombre… Estos son los indios, contestó… estaba estupefacto, como si delante de mis narices transformaran a pavos reales en gallinas”. Se topa con tipos humanos novedosos, ignorados, y con costumbres inesperadas. Por ejemplo, en México conoce a Diego Rivera. Sostiene que los mexicanos son hospitalarios: no le dicen “ahora sabe dónde vivo” sino “ahora sabe usted dónde tiene su casa”. Contrasta esta gentileza con su visita a Estados Unidos, donde no pudo llegar por barco, así que atravesó la frontera desde México. Se da otra confusión con el idioma y lo detienen. Se repite aquella confusión que se había dado con Marinetti cuando le ofrecen un intérprete y pide uno del francés, idioma que, como recordarán, no hablaba. Por supuesto que no consigue comunicarse así que debe esperar a otro intérprete en su propio idioma. Una vez que obtiene su visado, recorre algunos estados, como Chicago o Nueva York. “Los Estados Unidos se han apoderado del derecho a llamarse América por la fuerza… con sus dólares infundiendo terror en las repúblicas y colonias.”
Coolidge, el presidente norteamericano, formalizó en uno de sus decretos el nombre “americano” como exclusividad para los estadounidenses. Por eso uno de los ejes temáticos centrales de este diario o crónica es el Intervencionismo: México tuvo 37 presidentes en 30 años. “Los Estados Unidos son los máximos dirigentes de México, han dado a entender, mediante sus acorazados y sus cañones, que el presidente mexicano es un mero cumplidor de la voluntad del capital estadounidense.”
Por otro lado, admira su arquitectura, sus rascacielos. Se asombra ante las fábricas, a las que llama “imperios de treinta pisos”. Se conmueve ante un país que funciona como un mecanismo de relojería en pro del capital. Se indigna, también, con la deshumanización y el racismo, con la miseria, con las injusticias.
Uno de los casos que más lo conmueve, es el de Vanzetti y su compañero, defensores de trabajadores, condenados a pena de muerte, mientras los hijos de unos millonarios, asesinos y torturadores confesos de un adolescente, son declarados inimputables. (Este caso es el de Leopold y Loeb, veinteañeros millonarios que asesinaron de forma premeditada a Bobby Franks de catorce en Chicago.) Es decir, situaciones terribles, que nos recuerdan la angustia de otro vanguardista que llegó a Nueva York y la contempló con admiración y miedo: Federico García Lorca, el poeta español que hablaba del “huracán de negras palomas que chapotean en las aguas podridas” de las calles newyorkinas, de la falta de esperanzas, de las monedas que “taladran y devoran abandonados niños”. Por supuesto que, dentro de tanto horror, hay un montón de anécdotas divertidas, que definen también nuestro espíritu americano que tiene su sonrisa en medio de la resignación, como la de un poeta, hermano de un comerciante que le cuenta que lo colocaron de mesero, porque siendo poeta “claramente es un inútil”.
En fin, destaco que lo fundamental, es hacer evidente, manifiesto, el crecimiento insensible y aplastante de Estados Unidos como potencia: “Solo durante mi corta estancia de tres meses, los estadounidenses agitaron su puño de hierro delante de las narices de los mexicanos en relación con el proyecto de nacionalización de su propio subsuelo inalienable, enviaron tropas para ayudar a un gobierno que el pueblo venezolano intentaba echar fuera, le hicieron insinuaciones inequívocas a Gran Bretaña de que en caso de impago de las deudas, el granero de Canadá podría tambalearse, les desearon lo mismo a los franceses y, antes de la conferencia sobre el pago de la deuda francesa, un día enviaban a sus aviadores a Marruecos para ayudar a los franceses y al otro día, de pronto, tomaban partido por los marroquíes y revocaban a sus aviadores por razones humanitarias.”
Las conclusiones a las que llega Maiakovski, son iguales de lúcidas. Es un hombre que mira al futuro, que se piensa a sí mismo y a los demás en función de los avances y sus posibles consecuencias: el futurismo de la tecnología desnuda, del impresionismo superficial de humos y cables que tenía el gran papel de revolucionar la mentalidad estancada, impregnada del mundo campestre, ese futurismo primitivo está totalmente consolidado. Falta lo otro, educar, formar, igualar; es un futurismo deshumanizado.
Para él los artistas, en vez de dedicarse a la admiración estética de las escaleras metálicas contra incendios de los rascacielos, deberían intentar resolver el tema de la vivienda. Los poetas deben poder hablar, mover al mundo en los vagones de los trenes en lugar de cantar el estrépito de los motores y de las máquinas. Se pregunta, antes que por el avance tecnológico de Ford, por los efectos a mediano plazo de sus fábricas y sus automóviles; literalmente: “¿qué hay que hacer para que no contaminen el aire?”.

Hacia el final de su vida, su obra terminó siendo un ataque evidente a los nuevos líderes comunistas y a la burocracia estatal (“Los baños” de 1930) o también, una sátira a los parásitos que acaban con los ideales revolucionarios (“La chinche” de 1928). Ignorado o rechazado por sus contemporáneos, desmoralizado, acosado por algunos de los sectores de su partido, habiendo fracasado su último drama (“Los baños”) se suicidó. En “El caso Maiakovski”, Román Jakobson dice que su generación malogró a los poetas. Él enumera a unos cuantos, jóvenes, enfermos o suicidas, que no encontraron otra forma prevalecer inmortales que la de la muerte. “El poeta debe acelerar el tiempo” fue uno de los principios vitales de Maiakovski.
“Y la muerte no se atreverá a tocarle, él está en el cálculo del futuro. Los jóvenes escuchan estrofas sobre la muerte, pero en el corazón oyen: inmortalidad”. (“150.000.000”.)



Enlace al evento y página de la Fundación Rodney Arismendi:
http://fundacionrodneyarismendi.org/home/maiakovski-poesia-pasion-y-revolucion-a-125-anos-de-su-nacimiento/


En las imágenes se puede ver el afiche del evento así como una fotografía con los otros expositores.






lunes, 29 de octubre de 2018

Presentación del libro "La tierra de los mil caballos" de Gabby de Cicco.


Presentación del libro "La tierra de los mil caballos" de Gabby de Cicco. 
En el mes de marzo de 2018 presenté este libro de Gabby en un bar montevideano. Dejo algunos de los conceptos que traté ese día. 


En la imagen, Liliana Ruiz (Baltasara Editora), Horacio Cavallo, Gabby de Cicco y Andrea Arismendi Miraballes.



El libro de Gabby de Cicco podría ser definido como una cartografía de descubrimientos y transformaciones. Es, en su conjunto lírico, una estructura compleja que interviene sobre las imágenes y las palabras, que opera apropiándose de sus significados tradicionales para alterar –casi siempre- sus connotaciones, yendo al origen mismo de estas con la consciente voluntad de representar un cosmos personal, donde se entrecruzan y superponen, además, la música, la literatura, el cuerpo, la experiencia, los deseos, la muerte. Pero esto es solamente un corte oblicuo que podemos trazar para la comprensión de un entramado poético que supera nuestras lecturas y que Gabby ya había transitado en estos treinta años de creación literaria. Ese movimiento de construcción y cambio se consolidó, como potencia radical, en su libro anterior, Queerland, en el que el sujeto lírico se ubica en los márgenes discursivos, sociales, teóricos, literarios, para dotar a ese término, “queer”, de novedosos y enriquecidos significados. Es que, como la poesía de De Cicco sostiene, (y cito un poema del nuevo libro) “Estamos afuera de la sociedad/ “en los oscuros patios de la bastardía”/ con la revolución danzando/ en nuestras lenguas”. Ahí es donde se sitúa el yo poético para así sublevar los límites que nos impone la palabra como contrato con la realidad.
El título, La tierra de los mil caballos, propone un doble homenaje a Patti Smith, quien, por cierto, es una de las destinatarias explícitas de la dedicatoria inicial. Por una parte, la clarísima referencia al disco Horses (“Los caballos se trizan como espejos/ en la pampa/ pero no suenan como horses. Horse/es más caballo/ es potro al viento/ de aliento largo”), por otra, a una canción que aparece allí, La tierra de las mil danzas. Me detengo entonces un momento en los aspectos más externos y visuales de este nuevo libro, que, por supuesto, nos revelarán algo de sus contenidos. Destaco el hallazgo de la selección de la carátula, donde aparece un detalle de una pintura rupestre, hoy denominada arte. Es una imagen donde se ven algunos caballos y que, con certeza, se relaciona directamente con la praxis cotidiana de aquellos hombres y mujeres del paleolítico; una síntesis iconográfica que nos acerca a una de las maneras de encarnar lo cotidiano. El caballo es un símbolo antiguo e integrado plenamente a la tradición literaria. Articula los deseos exaltados, desbocados, desordenados, a veces terribles, a veces maravillosos: “La sangre y los caballos corriendo/ como lava” o “Un mar de ojos, cabalgando./ El fuego y el jadeo de un caballo desbocado”, o también, “Ella se ríe rota por el fuego/ que sale de las narices de los caballos/ que la persiguen de noche”. Es ese símbolo el que recorre de manera categórica la geografía de este poemario y va acompañando el impulso hacia la construcción de una personalidad única, que se encuentra, paradójicamente, en constante movimiento y cambio. La hipérbole numeral, los mil caballos, manifiesta esas contradicciones y atraviesa por diversas capas este libro, guiándonos hacia una dispersión/concentración obstinada, a una búsqueda interior que expone un corrimiento de los límites. La poesía de Gabby es esa búsqueda cuyos límites no se agotan solo en lo evidente, sino que, una vez establecidos, aparece allí como rebeldía, como transgresión, como oposición: “Yo soy eso otro que se te escapa, cada fucking día./ Yo soy lo que te apela y contradice. Yo soy lo otro,/ lo inabarcable. Lo indecible”.
La palabra poética es soporte y punto de inflexión que se dispara en distintas direcciones. Lo indecible, inclasificable, es eso a lo que el lenguaje refiere sin lograr nombrar absolutamente. La palabra es anterior a nosotros, nos instituye y cataloga, nos limita y arrasa, aunque también, a veces, nos libera. Pero parece que siempre es insuficiente para revelarnos plenamente. Gabby De Cicco ha hecho de su obra palabra viva en permanente edificación, mutable en sus bordes. Revoluciona, quiebra la sintaxis, irrumpe y llama la atención sobre sí misma y su capacidad de representación: “Todes nos haremos traficantes de armas./ Todes terminaremos nuestros días/ con una pierna menos, con la fiebre alta/ del fastidio, del desamor”.
Cuerpo y palabra son ejes centrales en la obra general de Gabby, puntos de inflexión que antes destaqué y que en esos versos aparecen claramente entramados. Puntos que aluden a la búsqueda de la identidad, en este libro ya más afianzada, cuyo sentido es capaz de intervenir en el “otro”, en un sujeto lírico destinatario de la palabra poética, transferencia en la que también se lo evoca y crea, como el logos primordial: “Quiero escribir sobre tu cuerpo/ un poema que nadie leerá (…) Quiero escribir un poema/ que sea tu cuerpo desde ahora en más”.
La experiencia vital y la muerte también tienen su espacio en esta obra. La experiencia como aprendizaje, como aventura trascendental, en este caso y por necesidad, aparece localizada en Nueva York, ciudad que es el paisaje de fondo, a veces personificado y sexualizado, donde se desenvuelve el acontecer lírico. En el interior del libro Gabby deja unas fotografías a modo de mapa. Allí es donde el yo se ubica y reflexiona. Allí se mueve, también en los sórdidos bordes de una ciudad que, a la vez que excluye, atrae, seduce: “No es amor lo que busca, si algo busca” o también “El Hotel Chelsea, irreconocible,/ al borde de la noche”.
Para cerrar, diría que la poesía de Gabby a la vez que construye un universo personalísimo, único, no deja de lado, no olvida sus filiaciones. Filiaciones que son literarias y musicales, pero también biológicas. Rimbaud, Ginsberg, los poetas del rock, Patti, Kurt, Amy, el padre muerto, la prima desaparecida. Hay espacio para la evocación y la denuncia; reviven por la palabra para recordarle que aún están ahí: “Hay gente que muere de frío/ como aves que pierden el rumbo./ Yo las cubro con palabras,/ el único bien que tengo”.


lunes, 23 de julio de 2018

Cuando eso acecha en Todos somos raros

El próximo viernes 27 de julio a las 19 y 30 en el CCE (Rincón 629, Montevideo), estaré en el ciclo Todos somos raros que dirige el periodista Pablo Silva Olazábal, compartiendo una charla sobre el libro.

El miércoles 25 en Radio Uruguay (1050 AM) también estaré compartiendo una charla previa en el programa La máquina de pensar.

Dejo enlaces con información.



http://somosraroz.blogspot.com/2018/07/19-cuando-eso-acecha.html

https://www.facebook.com/events/248069459135150/

CUANDO ESO ACECHA

En diciembre de 2017 se editó y salió a las librerías Cuando eso acecha. Comparto imágenes.





martes, 19 de septiembre de 2017

Antología de narradores uruguayos



En breve se presenta esta excelente colección de escritores uruguayos editada por Irrupciones.
Desde ya se pueden reservar ejemplares a generoriental@gmail.com

Por ahí estamos con un cuento de terror realista. Disfruten!


miércoles, 30 de agosto de 2017

Detalle de los bosques en imágenes


Cuando le mostré al fotógrafo Andrés Gorosito López la primera versión del poema Detalle de los bosques surgió la idea de acompañar el texto con imágenes. Esa fue nuestra primera experiencia en conjunto trabajando sobre un proyecto que continuamos actualmente con otras creaciones.
Dejo aquí un enlace para poder ver las fotografías que acompañan cada presentación del libro y cada taller que hemos planificado en torno a él.





http://viajesvirajes.wixsite.com/andresgorositolopez

martes, 29 de agosto de 2017

Ferrada

Ferrada es el cuento que inició mi interés por escribir narrativa realista. A falta de una categoría más acertada, llamé "realismo delirante" a este estilo, por intentar plasmar en él la perspectiva interior y dudosamente objetiva de los narradores, por lo general personas comunes que se sienten incapaces de vencer las circunstancias a las que se ven sometidas pero a la vez, forzadas a solucionarlas o cambiarlas.

Comparto y acepto comentarios, como siempre.



Ferrada
(Andrea Arismendi Miraballes)

            Esta historia me la contó mi padre y ocurrió hace unos cuantos años. Cuando él era un niño vivía sobre la calle principal de Vergara, un pueblo ubicado al noreste, en  departamento de Treinta y Tres. En la pensión, la única pensión del lugar, que quedaba al lado de su casa, habitaba un hombre del cual se murmuraban siniestras anécdotas en relación a su pasado, del que mucho no sabían esas mismas voces, excepto que había llegado una noche en tren con lo imprescindible en una maleta que parecía de médico y que su nombre era Rafael Ferrada. Solía sentarse a fumar en un banco de piedra en la vereda y mi padre en el escalón de su casa. Casi juntos, a veces se miraban y cruzaban unas pocas e intrascendentes palabras sobre el tiempo, el cielo, o algún canto de ave. Una tardecita de verano a fines de la década de los cincuenta, cuando todos aún dormían la siesta o estaban en el arroyo, le contó un secreto que había guardado durante muchos años.
            Ferrada era un hombre entrado en años, o eso aparentaba, tal vez unos setenta o setenta y cinco, o tal vez unos cincuenta muy mal llevados, que iban a la par de su carácter difícil y su antipatía con cualquiera que quisiera acercársele buscando charla en las vacías tardes de la pequeña ciudad casi rural. Había sido un viajero que vendía artículos de farmacia y visitaba dentistas o médicos particulares en los pueblos más apartados del interior del Uruguay. Era oriundo, decía él esquivo, del departamento de Artigas, bastante lejos de donde ahora vivía, aparentemente como jubilado desde que, según aseveró, tuvo que huir, dejando pertenencias y a una hijita de unos ocho años, aunque ya no recordaba exactamente la edad que esta tenía la última vez que la vio. Ferrada había trabajado durante su juventud como enfermero en un hospital público, pero tuvo la desgracia (eso afirmaba con resignación), de aceptar un empleo como viajante para un laboratorio creyendo que así la economía familiar mejoraría. Era un oficio sacrificado que además lo alejaba de su hija (Ferrada era viudo) a quien dejaba al cuidado de su anciana madre, algo distraída por la edad, por lo que siempre temía que algo le ocurriese en su ausencia. En el humilde barrio donde tenía su casa, conseguida con sacrificio de pobre, a base de ahorro y de hambre suya y de su esposa, también residían los hermanos Gutiérrez, tres hombres peligrosos, aficionados al hurto, cuyas andanzas eran famosas en la ciudad, aunque nadie se atrevía a enfrentarlos. Salvajes, osados, a nada temían, al contrario, se sabía de muertes sin resolver de las que se jactaban y algunas violaciones, además de un sinfín de hijos no reconocidos o reconocibles ante la evidencia de sus semblantes grotescos. Eran de aspecto tosco, más cercanos a un Neandertal que a un Homo Sapiens, pequeños y robustos, de mirada maliciosa y peores intenciones.
            -Me la tenían jurada; desde que los encaré una noche de octubre, allá por los años treinta y pico, me la tenían jurada-. La voz lenta de Ferrada y el humo de su cigarro de tabaco se hicieron todo uno en la memoria de mi padre, confundidos en un rostro blancuzco o grisáceo. Él, a pesar de ser un púber, se dio cuenta de la gravedad de lo que le contaría inmediatamente solo por el notable cambio en su entonación y mirada. Sin valor para alejarse, para no escuchar lo que iba a oír, se quedó sentado junto a ese hombre que de pronto percibió como a un animal asustado. El cabello se le erizó en la nuca y deseó que todo se esfumara. Un hombre que nunca habla, una vez que comienza, no para. Los ojos  del viejo se clavaron oscuramente en los suyos y comenzó a narrar.
            En una ocasión tuve que llevar a mi hija, a Amelita, a la casa de su abuela porque tenía que viajar y mi esposa hacía un mes había muerto. Ella se quedaba con nuestra hijita y cuidaba de la casa y de la nena como ninguna madre lo haría. Era una mujer de lo más prolija, ordenada, cariñosa, buena. Pero se murió. Se enfermó y en pocos días se me fue. Cuando mi mujer vivía teníamos bien claro nuestro recorrido por el barrio, porque como todo el mundo, evitábamos agarrar por el lado en que vivían los Gutiérrez, que además de ser molestos y metidos, habían armado una especie de asentamiento donde tenían un harén de mujeres, suegras, hijos, perros, y quién sabe qué más. Un quilombo. Los evitábamos como a una peste, cualquiera en esa zona lo haría, porque dejarse ver por ellos era como firmar un recibo que dijera “Te doy permiso para joderme hasta que te canses”. Si te digo lo que eran… ¡Unos hijos de puta, eso eran, ellos, su prole, y toda su familia! ¡Ojalá hayan reventado bien, todos juntos! Recuerdo que tenía que irme, se me había hecho tarde y perdía el tren. Llevaba a la nena, toda linda ella, con un bolsito rojo hecho por la mamá, a la casa de su abuelita, y viendo la hora y la demora, resolví sin pensarlo mucho pasar por el asentamiento, total, la calle es pública y yo estaba apremiado en esa oportunidad. Por una vez no pasaría nada. Con la chiquita de la mano, casi sin poner los pies en el suelo, me atreví a cruzar por allí para acortar camino. Quedaba a dos cuadras de mi casa. Por el medio de la calle iba cuando veo que comienza a salir gente de uno de los ranchos a menos de media cuadra. ¡La puta madre! No pasa nada… Enseguida más, dos mujeres más de al lado. ¡Mierda! Bueno, ya estoy jugado. De pronto apareció el más chico de los Gutiérrez, en calzoncillos, con una camiseta mugrienta. Tendría unos veinticinco años entonces. Alguno le avisó que andaba alguien por allí que parecía no interpretar que el territorio estaba “marcado” por ellos. Me miró, se dio vuelta y llamó a otro. Aparecieron unas greñas amarronadas y una barba larga y polvorienta. Era la bestia mayor. Solamente me faltaba uno para estar en líos. Pasé sin girar la cabeza. Una piedra golpeó a pocos centímetros de mis pies. Luego otras cayeron como lluvia. Ellos y sus niños  reían y practicaban ese juego mortal. Las mujeres me insultaban como nunca oí a nadie. Les grite, los increpé, los amenacé, mientras me llevaba a Amelita en brazos, ya trotando, con el corazón golpeándome por todo el cuerpo. Las pedradas nos lastimaron a los dos, a mí en la cabeza y el cuerpo, a mi hijita en la cara, pobrecita. No tenía tiempo de denunciarlos en la comisaría; el trabajo, ¿viste?, pero pensé durante todo el día y los siguientes en mil formas de hacerles daño. Me provocaron un temor tan recóndito que por dos días sentí dolores en el pecho y me costaba respirar. Hasta que ese odio se disipó como una niebla pero el recuerdo seguía ahí. Una especie de dolor en el corazón que se despertaba de pensar nomás. Vos no sabés cómo es, nunca lo has sentido, pero botija, es una certeza terrible de que hay algo irremediable, algo que se cura solo con la venganza, la más atroz, aunque uno sabe que eso trae complicaciones legales más que morales y no actúa al final, se resigna a ser un infeliz atormentado por la cobardía, por el resentimiento.
            Transcurrieron los días, yo regresé al hogar. Las noches insomnes las pasaba leyendo porque extrañaba a mi esposa en la cama. Tenía una cocina que daba a la calle y allí me sentaba a la luz de unas velas a leer durante horas. Una de esas noches me di cuenta: había algo tras la ventana, algo afuera, como un humano o un gorila; qué sé yo qué pensé. Se me rompió algo adentro. Pensé en fantasmas y todo. Pero al observar mejor la sombra se replegó y se fue. Apagué las velas desesperado y miré hacia afuera. En la acera de enfrente, observándome, como un bicho de ojos brillantes y melena desgreñada, estaba uno de ellos. Le vi el gesto maligno, te juro que estaba riéndose. Miró a su derecha y se fue. Me estaba desafiando. Y el desafío duró días. Cada noche me confinaba en mi refugio tras la cortina de la cocina mientras se repetía la rutina. Alguno de ellos se paraba frente a mi casa, quieto como momia, mientras me vigilaba desde las tinieblas, amenazante siempre.
            Unas semanas más tarde del primer episodio tenía que volver a viajar y mis recorridos podrían llevarme días. Pasé los momentos de mayor ansiedad pensando si esos brutos conocerían la casa de mi madre, la escuela de la niña, si estarían ellas bien en mi ausencia, si la persecución sería diurna también, aunque yo no lo notara. Así que una noche, desesperado por esa angustia, salí gritando a uno de ellos que hacía unas horas estaba inmóvil en las tinieblas. “¡Hijo de puta! ¡Hijo de re mil putas! ¿Qué mierda querés?” Pero no hizo nada, de pronto se agachó, juntó una piedra y me la arrojó para salir disparando como un diablo incinerándose. Se me partía el pecho. Se me partía. Un hilito, mi pecho… A las cinco de la mañana agarré a mi hija, así, dormidita, y me la llevé en brazos hasta la comisaría. Me tomaron los datos y me dijeron que no era nada grave, que si seguían molestando hablarían con ellos. Yo me enojé mucho. Me prometieron hablarles, advertirles. Esa noche no dormimos en casa. Al otro día, con un terror desconocido, nuevo, regresé y encontré todo revuelto. La puerta del fondo abierta. La heladera abierta. La ropa en el suelo. Cagaron en la cama de Amelita. Se comieron todo y robaron reservas que tenía de arroz y fideos. ¡Qué rabia! Otra vez a la comisaría sin muchas posibilidades de lograr nada. Revisaron mi casa y me dijeron que “no había pruebas”… ¡Pruebas! ¡La puta que los parió!
            Otra vez fue una noche interminable. Estaban ahí, afuera. Sentía los murmullos, las pisadas y luego, cerca del amanecer, las pedradas en los vidrios.
            Rafael encendió su cigarro de tabaco y quedó mirando el vacío por largo rato. Fumando agitado, casi parecía que el pasado desfilaba por los cuadrados de las baldosas de la vereda y él lo iba midiendo, calculando, memorizando de nuevo. Luego miró a mi padre, reconociéndolo, recordando dónde había quedado.
            La siguiente noche igual. Hasta que llegó el día en que tenía que irme. Pasé mal, claro. No sabía si estaría ahí, al regreso, la única posesión que tenía. Lo único que podía brindarle a mi nena, una casa, pobre, pero un hogar, algo que ella pudiera sentir como suyo. Y fue lo mismo otra vez. La heladera abierta, quién sabe desde cuándo. Restos de comida esparcidos, putrefactos algunos. Las llaves del agua también abiertas. Se robaron mis recuerdos, los recuerdos de mi esposa. Quemaron con un cigarro la foto del casamiento que estaba sobre el respaldo de la cama. Se limpiaron su mugre en mis sábanas. La policía me dijo que les darían aviso e intentarían interrogarlos sobre el asunto, pero que aún “no había pruebas”. Además me sugirieron que no fuera tonto y que no me enemistara con mis vecinos. Llegaron a decirme que averiguarían sobre mi comportamiento en el barrio. Se burlaron reclamándome que no me alcoholizara, que no me buscara enemigos. ¡Imbéciles!
            Aguanté, botija, mirá que aguanté. Pasé cuatro días más siendo vigilado, escrutado por esos proyectos de seres humanos, agredido de noche por los mayores que intentaban destruir lo poco de cordura que me quedaba, sintiendo los aullidos de las hembras que pasaban corriendo frente a mi casa, y durante el día atosigado por los niños que incluso me prendieron fuego el arbolito que tenía en la entrada. Hasta que en un momento no pude respirar más. No había espacio en mis pulmones para el oxígeno. Se me hizo chiquito el pecho, dolió. Me temblaba el abdomen. Me dolía la garganta. Cuatro días y me fui a Rocha. ¿Conocés Rocha? Lindo… Bueno, ahí tenía como dieciséis o veinte clientes, porque es una ciudad grande, así que podía quedarme bastante descansando de la otra realidad. Hay un café frente a la plaza del centro, ahora no recuerdo su nombre, ahí leí en el diario que nueve miembros de una familia habían muerto envenenados en un barrio humilde de Artigas. Tres hombres mayores de edad, con profusos antecedentes penales, cuatro mujeres, también con extenso prontuario, y dos niños, ligados por parentesco a estos. Primero fue como un golpe con eco en todo el cuerpo, un choque eléctrico que me dejó sin aire; se me durmieron los dos brazos. Luego, de pronto, la calma absoluta. La sonrisa feliz del vencedor, el ansia por no tener a quién contarle. Miré a mi alrededor a ver si alguien me observaba o si había actuado tan raro como para llamar la atención. Nada… El oxígeno por fin salió. Ninguno murió adentro, claro. Pero nunca más volví. Mi madre me vendió la casa y se ocupó de criarme a la nena. La poca plata que sacó me la envió por encomienda entre unas ropas y fotos. Ella hace años falleció. Mi hija debe ser grande ya, tal vez hasta nietos tengo, ¿quién sabe? Les dejé una torta de regalo en la heladera. Una hermosa torta que me costó bastante plata. Ni en los cumpleaños de mi hija había comprado una igual. Decía el periódico que dos murieron en la calle, agarrándose el cuello y vomitando ante los vecinos. ¿Sabés que la rata no distingue una gragea dulce del veneno en granos? Qué lindo fue imaginarlos. Los había matado tantas veces ya antes…
            Ferrada sonrió con ganas y exhaló el humo tosiendo. De pronto regresó al presente y miró con ojos satisfechos. – De esto no digas nada a nadie, por lo menos hasta que yo esté muerto, ¿entendés?- le dijo a mi padre en tono risueño, bajito, acercando la cara a la de él. Una semana más tarde un infarto se lo llevó. El hilito en el pecho por fin se había cortado.
Un día de lluvia intensa, a la hora de la siesta de verano, me lo contó casi con el mismo miedo con que entonces escuchó, asombrado. Parecía que el recuerdo de aquel hombre aún lo juzgaba desde un furtivo lugar de su pasado y ya comenzaba a parecerse más a las ficciones de un viejo.
 (Del libro de cuentos Cuando eso acecha)


La novia de Lugosi

A comienzos de 2017 la revista digital AXXÓN de Argentina publicó un cuento mío titulado La novia de Lugosi. Dejo el enlace para que lo lean. 







Detalle de los bosques




Extracto del poemario Detalle de los bosques publicado en 2016. Gracias a este libro se ha generado un proyecto de creación poética y narrativa oral a partir de la experiencia y la imagen. El proyecto está en gira desde la publicación del libro y siempre se pueden comunicar a mi mail para charlar al respecto.



Y soy la pierna impar,
La que más te hace andar
Soy la Máquina
W.BONILLA HUGHES

Recuerdo la tarde en que encontramos el desfiladero.
Las piedras, el descenso,
el barro en las orejas,
el riesgo ante el precipicio, el vértigo obligado como juego,
el árbol hamaca entre el sol y el vacío.

Yo del bosque me acuerdo clarito;
ahí quedaron los sueños universales de mi hermano,
perdido entre las hojas viendo el cielo con aroma a pasto.
La clavícula de Andrés, rota entre las raíces.
Mi bici ya oxidada y renga, enterrada en ese olvido,
y esta pierna impar que me sigue para siempre.
Esta pierna impar, la que más me hace andar.

 (Andrea Arismendi Miraballes)

Detalle de los bosques


En el año 2016 publiqué Detalle de los bosques, libro que se agotó en algo así como mes y medio pero que recorrió varios rincones del mundo. Me han llegado mensajes de muchos lugares y de diversos lectores. Dejo aquí algunos extractos de ese extenso poema que compone el libro.



Hay algo extraño en el bosque, algo cerrado que no comprendo,
no alcanzo a comprender, ni por asomo, a divisar.
Ayer compré otro par de lentes. No sirvió.
La vista es algo que se pierde gradualmente y rápido.

El domingo voy a llevar a mis amigos al bosque,
el domingo iremos en busca de la aventura que acecha,
de un hogar verdadero entre las ramas,
un hogar de humedad, de musgo.

El domingo.

Hay algo extraño en el bosque
que nos tironea, nos caza,
nos encierra,
no nos deja salir.

Cuando niños íbamos a la frontera delineada por los árboles
y jamás cruzamos a la inmensidad.
Hoy somos la inmensidad que puebla las hojas.
Hoy somos lo extraño que habita el bosque.

(Andrea Arismendi Miraballes)








Detalle de los bosques 


En el año 2016 publiqué Detalle de los bosques. Antes de que el libro saliera a la venta el músico Dioxadol Borges compuso una melodía para la obra. Les dejo a continuación el resultado de ese encuentro. 

https://www.youtube.com/watch?v=jm0TML4dlWY


Poema con mantra. Fue leído por el dramaturgo Diego Fleitas y copio el enlace para compartir su interpretación.






Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Yo transito una senda desigual
entre un más acá dudoso,
un tapiz
ha enredado mi sueño, receloso del olvido,
en su trama carcomida.
Una imagen que me acecha me levanta
o me sujeta.
Son las ratas que caminan.
Otra vez cerré con llave la puerta de mi sótano,
pero el olor se eleva y se dilata
dulce, venenoso.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Un turbión de cinismo nos doblega.
Busco encontrarte en mi memoria
para encontrarme a mí
y no hay nada.
Busco tu cuerpo a oscuras
y toco el frío impenetrable.
Una fortaleza vacía,
un muro descascarado,
un sinsentido.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Soy del viento, me repito,
y el viento me sacude, me retiene,
esparce mis restos en el mar,
porque nací frente al mar,
porque sé encontrar el camino a casa.
Pero no, no tengo hogar.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Silencio...
En la oscuridad tu voz va, gigante
para siempre, diciendo mi nombre.
Un faro para dormirse en ella, tu voz.
Sin embargo, todo es roer en la piedra,
una y otra vez, roer el mineral
como a una astilla blanda.
Si me elevo en la nube
me arrastra el lodo;
estoy en la sonrisa terca del aviador que rompió
la brújula: es mi destino.
No veremos el nombre escrito en la corteza,
ni en el chorro, ni en la flor.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
El manantial tuerce la tierra; me hundo más.
Crecen raíces en mis pies
y estoy en un mundo inexplicable.
No contaba con los dientes en mis sienes.
No sabía que crecían ahí las fauces,
que podían ser enormes,
más que yo.
En la rosada piel veo las venas
y su entramado de esperanza.

Me comen las ratas o yo soy las ratas?
Vengo de un lugar sin tregua,
de tic tacs picoteando madrugadas,
de sangre que revienta en la cima.
Vengo a contar las hojas de un calendario ajado.
No consigo entender ni el tiempo,
ni las horas, ni siquiera los relojes.
Y la pregunta me apuñala
en esa medida desconocida.
No sé, no puedo saber
si me comen las ratas o yo soy las ratas.

(Andrea Arismendi Miraballes)

Este cuento ganó un tercer premio en narrativa. Dejo una versión nueva y divergente de la original, aunque conservo el título y los personajes.


Al Amanecer
(Andrea Arismendi Miraballes)



            Era lo más cercano a una ciudad que había conocido. Para ella, que siempre había vivido aislada entre pitangueros, ombúes, talas  y animales salvajes, el pueblo era el mundo.
No sé bien decir dónde queda. No recuerdo cómo se llamaba y por más que trato de ubicarlo en el mapa, no aparece. Los años, sin duda, son selectivos y la memoria se vuelve una pasta sin tiempo ni lugar. Ella era silvestre como aquellos ratones que una vez encontró en un nido abandonado (seguro, la mamá ratona habría sido cazada por algún otro bicho, más grande e incapaz de valorar el infortunio de sus hijitos) y que Norma, su madre, luego de unos días, ahogó en un balde rebosante de agua porque sostenía que se iban a morir de hambre igual. Juanita no supo qué hacer para defenderlos. Algo tan trivial hizo que el odio a su progenitora se extendiera durante dos décadas hasta que decidió, en un arranque de cordura, empezar a perdonarla y considerar que, tal vez, ella también formaba parte de esa injusta y enmarañada cadena donde el más grande aplasta al más pequeño. Su mamá había tenido tanta fuerza como para arrancarle los seis ratones de las manos que ella guardaba delicadamente en una cajita con recortes de algodón y trapitos, abrigándolos, protegiéndolos de la vida misma. Los había metido de uno en uno en un bollón y los llevó hasta el balde repleto de agua. Allí lo hundió hasta que dejaron de moverse. Juana presenció la muerte, la primera muerte, con los ojos inundados en lágrimas y un suspiro que terminaba en gemido, el mismo que acarreaba con pesadumbre hasta el presente. El dolor demoró en curarse. La imagen jamás se borró. Tenía ocho años entonces. Ese aprendizaje fue el primero y más terrible sobre las injusticias de la vida. Tal vez fue lo único que aprendió de ella, pues se crió casi sola en aquel paraje lleno de misterios y peligros.
Cuando tuvo contacto con el pueblo, siendo ya una adolescente, fue para trabajar. Así cargaba cajones repletos de frutas y de verduras, como limpiaba los pisos y mostradores del único almacén en kilómetros a la redonda. Cuando fui hasta allí atravesé innumerables caminos deshabitados y polvorientos. Tenía como misión historiar, registrar con detalle los recientes acontecimientos y elaborar un perfil psicológico de Juana. La primera vez que la vi creí entender la causa por la que su comportamiento era considerado anómalo entre los habitantes del lugar. Era una muchacha desgreñada e infeliz, de esas que transmiten su tristeza al mirarlas simplemente una vez. En el momento en que llegué me dirigí a la comisaría. Pereira, el comisario, me atendió un poco nervioso, pues poco contacto tenía con gente de “afuera”, según su uso metafórico del lenguaje para clasificarme entre el pequeño grupo de gente que se encontraba en la población. De hecho, visto a la distancia, no fui para nada bien recibida. En fin, no fui recibida directamente; cuando bajé del ómnibus, al que llamaban “de camino”, nadie me esperaba. El lugar constaba de cuatro manzanas de casas dispersas, un almacén, una iglesia notablemente deteriorada y una comisaría, además de una oficina pública cuya función no comprendí ni tampoco intenté discernir. El bar era una roñosa construcción que parecía sacada de alguna pesadilla consistente en mugre y cucarachas. Jamás pude ni tomar un café allí -el único que pedí me lo sirvieron frío y aguado-. Pasé unas cuantas horas sentada observando el casi nulo movimiento a través de sus vidrios sucios y astillados. Nada ocurría; menos estando yo allí enclavada, con ojos interrogantes ante todo el que pasaba. Mi aparición sirvió solamente para espantar a los pobladores, para hacer que sus rutinas cambiaran, tanto que creo que aquel café nauseabundo era una excusa del dueño del bar para que no volviera y le echara a sus clientes que temían un cuestionario. Las pintorescas gentes del interior ven a todo visitante con escozor y desconfianza. Pensé, casi riéndome, que son como esos perros que atacan entre el temor y la furia a las máquinas, incapaces de comprender que no hay manera de que estas se conmuevan.
La amabilidad de Pereira se restringió a prestarme un rincón de su oficina para dormir allí en una especie de catre (digo especie, porque aquello había sido en tiempos mejores un catre, pero las décadas lo habían estragado tanto que a esa altura era más cómodo tirarse en el suelo: queda sobreentendido que nadie quiso cederme un lugar en su hogar). Esa situación sirvió para que entrara en contacto de forma más inmediata, más espontánea, con la única residente de la prisión, Juana, sobre quien pronto debía trabajar si no quería que la llegada del juez y su traslado a una penitenciaría capitalina perjudicaran mi entrevista y conclusiones.
Un lunes, a las cuatro am, Juana se levantó como todos los días -excepto los domingos en que simplemente se dirigía al arroyo a pescar-, y se preparó su mate con yuyos en una negruzca caldera tiznada por las décadas de fogata. Dormía con su madre en la misma habitación de paredes de barro, repleta de insectos en verano. Era marzo, un mes especialmente caluroso en aquel tiempo en que todo ocurrió. Tenía 28 años y, si bien nunca supo claramente cuál era la fecha correcta de su nacimiento, se contentaba con saber que al menos tenía una cédula de identidad con la única foto de su rostro, donde figuraba una posible certeza sobre ese día, así como sus dos apellidos, con los cuales se sentía satisfecha porque no todos en el pueblo los tenían. Su padre murió cuando ella tenía diez años (fue la segunda vez que vio un muerto), aplastado por un árbol del monte que -según Juana declaró con certeza- se había vengado de todos los años de leñador que aquel cargaba. Claro, ella pensaba que todo lo que veía y conocía tenía conciencia, sentimientos, voluntad, argumento que no me pareció pertinente contradecir ya que no creí que fuera capaz de entender mis razones.
Ese día, fue a la hora habitual caminando hacia el pueblo que quedaba aproximadamente a cuatro kilómetros de su hogar, distancia acortada cada día al cruzar los montes que lo rodeaban. Tal vez- decía ella- fueran apenas las cinco pasadas cuando sintió voces en la penumbra de árboles. Algunas voces conocidas, escuchadas, pero sin rostro, en el diario mirar al suelo y a la escoba en el almacén. Eran voces masculinas que sonaban grotescas en ese lugar tan silencioso. Por inercia, por costumbre, bajó su rostro y miró el suelo húmedo de la tierra. Lo siguiente en su memoria fueron tres, cuatro o cinco voces y figuras casi fantasmales que la atacaron rodeándola e insultándola sin que ella comprendiera por qué. Todo pasó con rapidez, con violencia. Recordó haberse acercado a la vera del arroyo a lavar sus heridas. Le llamó la atención aquello que denominó como “un dolor abajo”, punzante por segundos. No supo qué debía hacer a continuación. Volvió a su casa y se cambió. Su madre, al verla malherida, lloriqueando, con las humildes ropas enlodadas y destrozadas, atinó a decirle “puta”. Eso fue todo lo que escuchó ese día. El fino sondeo de las dos dueñas del almacén, las hermanas López, no logró quitarle una sola palabra; para ella sus voces fueron solo un zumbido constante, sin forma, sin sentido.
Meses más tarde su embarazo se hizo evidente. Con él también crecieron las sospechas de todo el pueblo. Ya no sabían a quién mirar como responsable de la situación y, además, intuían lo que podría haberle ocurrido a la pobre Juana sin atreverse casi a levantar la voz para comentarlo públicamente. Norma se convirtió en un infierno para su hija. La acosaba insultándola, repelándola, llenándole la barriga de golpes. Le gritaba permanentemente advirtiéndole sobre el fatídico futuro de ese niño. La noche en que sobrevino el parto, Juana se marchó sola entre los mismos árboles donde antes había sido violada. Se escondió de su propia madre que no dejaba de denigrarla y parió, casi en silencio, en la oscuridad. Estaba aterrada. Cuando aquella vez, en medio de las agresiones de los grotescos cuerpos enormes, rudimentarios, logró evadirse de la realidad fue porque vislumbró algo pequeñísimo, silvestre, libre, que la miraba con una belleza infinita e incomprensible. No sabía qué era pero fue la primera vez que vio algo cercano a la belleza, y, aunque supo que era una percepción de su imaginación, creyó ciegamente en que eso sería algo que viviría en ella para siempre.
Al amanecer envolvió en sus propias ropas al bebé. No había llorado pero estaba despierto. Había nacido con el silencio y la resignación de su mamá. Era suyo; algo único y valioso. Lo protegió entre las sombras de los árboles. Desnuda y dolorida, comenzó a moverse agazapada en la penumbra. No sabía si había algo en su mente en ese momento. No sabía qué hacer. Fue intuitiva al actuar. Mientras tomaba mis notas no pude reprimir un asomo de llanto en mi mirada. Ya no quise verla directamente al rostro, la molestia inicial por tener que estar entre esa clase de personas a quienes estimé en muy poco desde mi llegada se tornó en una empatía y tristeza absolutas. Su mente no parecía evaluar un tamiz que le hiciera sopesar lo correcto y lo equivocado. No falló. En menos de un minuto tenía a su madre por el cuello en medio de la corriente del arroyo adonde la arrastró con violencia tomándola del cabello. Veía su rostro bajo la ondulación del agua y sentía el frío punzante filtrársele en la piel. Los ratoncitos aparecieron frente a ella. “Se iban a morir igual”,  decía Norma. “Se va a morir igual”, le había dicho hacía unos días en medio de una crisis de furia y golpes. El perdón le llegó a Juana en ese preciso instante en que las últimas burbujas de aire salían de la boca de su madre y sus manos empezaban a aflojarse perdiendo fuerza –esa fue la tercera vez que vio a un muerto-. No supo explicar cómo era posible haber pasado veinte años sin olvidar aquella primera experiencia de muerte, pero sintió que había aprendido algo inasible en palabras. Un aprendizaje que entendía, ahora, para qué había guardado inalterable en su mente. Agradeció a su madre despidiéndola con un beso húmedo y congelado.